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La ausencia de control en los penales mexicanos se evidencia con el traslado de reclusos hacia Estados Unidos

Sofia Herrera

Las prisiones mexicanas funcionan como centros de operación criminal, con internos que dirigen organizaciones delictivas desde sus celdas. México trasladó 92 reclusos a Estados Unidos en el último año, argumentando que continuaban cometiendo delitos dentro de las cárceles. El secretario de Seguridad federal afirmó que estos prisioneros extorsionaban a ciudadanos y coordinaban actividades ilegales mediante llamadas y visitas.

El descontrol penitenciario permite que criminales de alto perfil mantengan su influencia ilícita desde el encierro. Personajes como Z-27 y Danny, ambos de Los Zetas, operaban desde centros federales. Otros cabecillas del crimen, recluidos en penales de máxima seguridad, también continuaban dirigiendo redes criminales. Las autoridades reconocen la incapacidad del Estado para controlar estas operaciones.

La falta de personal especializado agrava la situación en las cárceles. El 77 por ciento de los centros carcelarios carece de suficiente personal penitenciario, y más del 44 por ciento de los funcionarios no ha recibido formación específica. Expertos señalan que sin capacidad institucional, el control total es imposible dentro de estos espacios. La ausencia de recursos humanos crea vacíos que los criminales aprovechan sistemáticamente.

El hacinamiento extremo en prisiones facilita el desorden y la impunidad. De 276 centros penitenciarios, 142 albergan más presos de su capacidad. El Centro de Chalco en el Estado de México alojaba cinco veces más internos de lo permitido, generando caos generalizado. El autogobierno de reclusos prospera en estas condiciones de sobrepoblación. Este entorno permite que delitos menores pasen desapercibidos.

Las llamadas de extorsión originadas desde prisiones representan un grave problema nacional. El 56 por ciento de líneas telefónicas reportadas para extorsionar provenían de apenas 12 centros penitenciarios. Aunque algunas antenas fueron bloqueadas en lugares específicos, custodios corruptos desactivan inhibidores de señal. El delito de extorsión continúa sin control, alimentado por la actividad carcelaria.

Las prisiones generan ecosistemas criminales en miniatura que corrompen a toda la población penal. Ante la insuficiencia de personal, tareas administrativas se delegan a reclusos que cobran a sus compañeros ilegalmente. Esto fuerza a otros internos a participar en extorsiones para obtener recursos. El sistema crea cadenas de explotación sexual, tráfico de drogas y control de servicios básicos.

Especialistas en seguridad coinciden en que la estrategia actual de capturas y operativos fracasará sin resolver el problema carcelario. Recomiendan implementar programas de contrainteligencia dentro de penales para vigilar funcionarios corruptos y evitar alianzas entre bandas criminales. El fortalecimiento institucional del sistema penitenciario es esencial para reversar la crisis actual.

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