La tragedia del Tren Interoceánico contada a través de un viaje revelador por sus consecuencias

El 28 de diciembre de 2025, Juan Manuel Iglesias viajaba con su esposa Flor del Carmen Temich y su hijo Alexis desde el Istmo de Tehuantepec hacia Chihuahua. Contador de profesión y pastor evangélico, realizaban su tercer viaje misionero a la región para distribuir alimentos, ropa y juguetes entre comunidades necesitadas. Subieron al primer vagón del Tren Interoceánico en Ciudad Ixtepec, Oaxaca, con destino a Coatzacoalcos, Veracruz. Veinte minutos después de partir, Juan Manuel sintió un fuerte tirón que hizo que el vagón comenzara a girar descontroladamente hasta impactar contra el suelo.
Hace un mes, en una zona montañosa con curvas pronunciadas ubicada en el centro de Oaxaca, el convoy descarriló cuando la segunda locomotora se salió de la vía. Un vagón de pasajeros cayó por un barranco de aproximadamente veinte metros, mientras otro quedó semivolcado. A bordo viajaban 250 personas, dejando un saldo de catorce muertos y alrededor de cien heridos. El vagón donde se encontraba Juan Manuel y su familia fue el que se desprendió del convoy en lo que constituye el primer accidente grave de esta nueva era de trenes de pasajeros en México.
Juan Manuel logró liberar su pie atrapado entre asientos y comenzó a buscar a su familia. Las fotos tomadas minutos después muestran su condición física intacta, pero Flor presentaba un corte diagonal profundo en la cara y Alexis tenía una herida severa en el cráneo con el brazo fracturado. Reuniendo fuerzas, Juan Manuel extrajo a su esposa, hijo y a un niño de ocho años de entre los escombros del vagón. Luego colapsó completamente. Los vecinos de las comunidades cercanas de Nizanda y Chivela llegaron pronto para asistir en las labores de rescate.
José Emilio Naranjo, habitante de Nizanda de treinta años, fue uno de los primeros en llegar a la escena. Buscaba a la hija de un conocido que viajaba en el tren. Al aproximarse al vagón volteado, presenció sangre abundante, fracturas múltiples y un vagón completamente aplastado. Junto con otros vecinos, comenzaron a extraer pasajeros utilizando un sistema de “operación hormiga”, cargando entre dos personas a cada víctima y pasándola hacia arriba hacia las vías. Improvisaban camillas con palos de madera mientras esperaban más de una hora por la llegada de paramédicos y la Marina debido a la dificultad del acceso.
Joel Luis Velázquez, abogado que dirige la organización Mucho Corazón en Ciudad Ixtepec, fue contactado para ayudar en la búsqueda de una de sus hijas. Mientras dos de sus familiares fueron rescatadas, la búsqueda de la tercera se convirtió en una odisea. Tras recorrer centros de salud y morgues, confirmaron después de más de veinticuatro horas la peor noticia posible. La joven fue la última víctima evacuada del vagón siniestrado. Las autoridades distribuyeron a los pasajeros entre varios hospitales de la región, con once de ellos internados en Ciudad Ixtepec.
Joel Luis abrió su sede organizacional y acondicionó colchones, hamacas y comedor para alojar a familias de las víctimas hasta el treinta y uno de diciembre. Su percepción fue que las autoridades quedaron desbordadas ante la magnitud de la tragedia. Juan Manuel, Flor y Alexis fueron inicialmente llevados al hospital de Matías Romero. Flor recibió alta rápidamente, pero Juan Manuel fue internado por herida grave en el pie y Alexis fue trasladado en helicóptero a Oaxaca capital por la gravedad de su traumatismo craneal.
Con el pie lesionado, Juan Manuel viajó a Oaxaca y durmió dos noches en la puerta del hospital hasta que un representante del Gobierno federal lo contactó. Posteriormente recibieron alojamiento, y dos semanas después, cuando Alexis pudo movilizarse, un avión militar los trasladó a su hogar en Ciudad Juárez, Chihuahua. México recuperó los trenes de pasajeros hace apenas dos años después de treinta años de ausencia. Este accidente demuestra que los riesgos ferroviarios son reales en el país.
El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec representa un megaproyecto diseñado para disputar al Canal de Panamá el transporte de mercancías entre océanos. Comprende la rehabilitación de vías férreas activas desde principios del siglo veinte y la creación de parques industriales con incentivos fiscales en comunidades atravesadas. Los resultados operativos son modestos comparados con proyecciones. El Tren Interoceánico transportó noventa y un mil personas en dieciocho meses, muy por debajo de las estimaciones de un millón seiscientos mil pasajeros inicialmente aprobadas.
La Auditoría Superior de la Federación documentó problemas constructivos entre dos mil diecinueve y dos mil veintitrés. Detectó deficiencias en corrección de curvas y pendientes por inexperiencia militar y presiones constructivas. El costo final de las vías alcanzó sesenta y dos mil millones de pesos, más del triple de los veinte mil presupuestados originalmente. Grupos indígenas han denunciado que la consulta para aprobar el proyecto fue realizada con dolo y que hubo despojos durante la rehabilitación de vías.
En febrero de dos mil veintidós ocurrió un descarrilamiento previo en Palomares donde seis o siete furgones salieron de las vías. Los responsables atribuyeron el accidente a falta de balasto, la piedra que proporciona estabilidad bajo los rieles. Expertos ferroviarios identifican tres posibles causas para el descarrilamiento reciente: fallo en sistemas de frenos de locomotoras y vagones de segunda mano de décadas antiguas, velocidad incompatible con la curvatura del tramo, o conducción inadecuada del maquinista con falta de experiencia. Cada hipótesis podría combinarse con las otras.
La Fiscalía General apuntó al exceso de velocidad como causa principal. El tren circulaba a sesenta y cinco kilómetros por hora en una curva donde el límite permitido era cincuenta. La fiscal general enfatizó que infraestructura y equipamiento estaban en perfecto estado. Sin embargo, hay sospechas sobre material de baja calidad en la rehabilitación de vías. Un conocido de López Obrador estuvo a cargo del suministro de balasto y hay evidencia de que aprovechó esa relación. En un audio se le escucha jactarse de sobornos regulares para evitar análisis de calidad de sus entregas.
Juan Manuel asegura no haber visto funcionarios federales desde su regreso a Chihuahua. Solo recibió llamadas, incluyendo una informándole que debe declarar ante la Fiscalía General para ser considerado víctima y acceder a indemnización. Al mes del accidente aún no tiene cita asignada. Son las únicas víctimas que denunciaron penalmente a constructoras y servidores públicos. Juan Manuel considera su derecho esencial conocer la verdad de lo ocurrido para prevenir tragedias futuras.
Reflexiona sobre cuestionamientos recibidos respecto de denunciar pese a la ayuda gubernamental. Para él, la búsqueda de verdad prevalece sobre consideraciones de conveniencia inmediata. Expresa preocupación sobre lo que sucederá cuando la atención mediática disminuya y las secuelas del brazo fracturado de su hijo se manifiesten completamente. Su motivación trasciende lo económico: ninguna cantidad compensaría la pérdida de su familia. Otros catorce núcleos familiares no tuvieron su fortuna.



