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Las negociaciones sobre Ucrania alcanzan su punto crítico mientras el dominio de Donbás se erige como el obstáculo fundamental para cualquier acuerdo

Mateo Ríos

Las negociaciones para resolver el conflicto ucraniano se encuentran en una etapa crítica. Febrero de 2026 marca cuatro años de invasión rusa, y tanto Kiev como Washington han señalado que este mes podría ser decisivo para alcanzar un acuerdo de paz. La presión del presidente estadounidense Donald Trump por obtener un triunfo diplomático, junto con el desgaste de la población ucraniana, impulsa las conversaciones hacia su resolución final.

En enero se celebraron encuentros trilaterales entre negociadores de Rusia, Ucrania y Estados Unidos en Emiratos Árabes Unidos, calificados como constructivos por ambas partes. Nuevas reuniones están programadas para definir el texto final del plan de paz elaborado por emisarios de Trump y Putin en octubre pasado. Aunque el documento inicial favoreció ampliamente los intereses del Kremlin, el equipo negociador ucranio introdujo modificaciones en noviembre.

Varios puntos clave han sido más o menos consensuados entre las partes. Se congelaría una porción del frente en Zaporiyia y Jersón. Rusia se retiraría de pequeños enclaves en Sumi, Járkov y Dnipropetrovsk. Ucrania limitaría su ejército a 800.000 soldados y renunciaría a ingresar en la OTAN. Sin embargo, Moscú ha mantenido ambigüedad sobre estos puntos mientras persigue objetivos más amplios.

El principal obstáculo permanece siendo el futuro de Donbás. Rusia exige que el ejército ucranio se retire de Lugansk y Donetsk, provincias donde Moscú controla la mayor parte del territorio. Trump propuso una zona desmilitarizada en el 25% bajo control ucranio, condicionada a que Rusia haga lo mismo en territorio equivalente ocupado. Moscú rechaza esta propuesta y Trump ha manifestado pérdida de paciencia con Kiev, amenazando con abandonar su defensa.

El control de la central nuclear de Zaporiyia representa otro punto de fricción. Kiev desea recuperar esta instalación, ahora ocupada por fuerzas rusas. Washington propone una gestión compartida entre las tres partes, pero Moscú se niega categóricamente. Estos desacuerdos refleja la profunda brecha que persiste en las negociaciones.

Las aspiraciones reales del Kremlin van más allá de Donbás. Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso, reiteró que Moscú busca resolver las causas profundas del conflicto a largo plazo. Esto incluye instalar un régimen afín en Kiev, restaurar la influencia cultural rusa y la Iglesia Ortodoxa Rusa, además de reducir el ejército ucranio para evitar futuros desafíos militares. La retórica oficial rusa clasifica todos los gobiernos democráticos posteriores a 2014 como “regímenes nazis”.

Zelenski aseguró que está ampliamente acordado con Estados Unidos y Europa un sistema de garantías de seguridad donde aliados de la OTAN protegerían a Ucrania sin membresía formal. También se prevé la adhesión rápida de Ucrania a la Unión Europea en 2027. Sin embargo, Moscú rechaza cualquier apoyo externo que preserve la independencia ucraniana, considerando la OTAN y el despliegue de tropas occidentales como líneas rojas.

Europa está ausente de estas negociaciones y el mecanismo para la ampliación acelerada de la Unión Europea aún no ha sido clarificado. Washington condiciona su compromiso defensivo a que Zelenski acepte la retirada de tropas en Donetsk. Rusia insiste públicamente en supuestos acuerdos alcanzados entre Trump y Putin en Alaska, sin evidencia que sustente estas afirmaciones.

Analistas señalan que Putin no se conformará únicamente con Donbás. El régimen enfrenta desafíos económicos internos graves, con sectores civiles prácticamente paralizados. Decenas de miles de militares no encuentran empleo tras regresar del frente. La guerra ha permitido al Kremlin intensificar represión y desviar demandas sociales hacia nacionalismo, un contexto que podría complicarse significativamente con la paz.

Los analistas advierten que Putin enfrenta un dilema existencial. La guerra representa su zona de máxima comodidad política. Terminarla podría exponer problemas de corrupción, ineficiencia económica y las acusaciones de nacionalistas que sientan traición. Continuarla presenta riesgos crecientes ante un rival supuestamente inferior que resiste. Este equilibrio incierto define el actual momento de las negociaciones.

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