Los gazatíes luchan por su supervivencia mientras Estados Unidos traza su porvenir sin contar con ellos

Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump, presentó en el Foro Económico Mundial de Davos una visión grandiosa para Gaza, comparándola con Dubái y proyectando rascacielos e inversiones. Sin embargo, el proyecto revela desconexión profunda con la realidad. Una diapositiva mostraba un comité de tecnócratas palestinos con el nombre en árabe escrito incorrectamente, de izquierda a derecha y con letras desconectadas, reflejando la lejanía de quienes diseñan el futuro respecto a la población afectada.
Mientras Kushner hablaba de oportunidades comerciales, Gaza enfrentaba bombardeos que mataban a cinco personas ese mismo día, incluyendo un bebé por hipotermia. Gazatíes como Faiza, una mujer relativamente privilegiada que vive en un apartamento, realiza tareas básicas convertidas en luchas diarias: encender fuego para cocinar sin electricidad, esquivar aguas residuales e inundaciones, pagar por cargar dispositivos electrónicos. La brecha entre los planes ambiciosos y las necesidades inmediatas es abismal.
Los gazatíes sienten que decisiones cruciales se toman sin su participación. Faiza explica que escapan de sus sentimientos mediante el humor, burlándose del “plan maestro” que promete riqueza cuando la realidad es sobrevivencia diaria. Su prioridad inmediata es la reapertura del paso de Rafah para reunirse con su familia, un compromiso del alto el fuego que el Gobierno de Netanyahu ha incumplido repetidamente. Muchos comparten esta desesperación por emigrar, sintiendo que el futuro que otros diseñan no es el suyo.
Israel controla el paso fronterizo de Rafah y busca restringir entradas para que sean menores que las salidas, promoviendo según fuentes de Reuters una limpieza étnica gradual de Gaza. La promesa internacional de reapertura bidireccional se reduce a un mecanismo para vaciar el territorio. Tamer Nahed, otro gazatí, cuestiona amargamente cómo Estados Unidos puede proponer prosperidad cuando ha apoyado la destrucción que mató a más de cien mil personas, según estimaciones que suman confirmados y desaparecidos bajo escombros.
La reconstrucción física enfrenta obstáculos insuperables en el corto plazo. Gaza acumula sesenta millones de toneladas de escombros, treinta por persona en promedio. Su retirada tomaría más de siete años. Nahed vive en una habitación alquilada con su familia completa, pagando casi seiscientos euros mensuales, precio desorbitado debido a las casas destruidas. Sus dos viviendas son ahora ruinas inaccesibles, clasificadas como “zonas peligrosas” por Israel. Cuando consigue refugio, la lluvia inunda una vivienda sin ventanas porque fueron destruidas por bombardeos.
Las condiciones cotidianas permanecen precarias. Nahed carga agua potable dos kilómetros diariamente y la sube manualmente al séptimo piso cuatro días semanales para beber y aseo. Cocina con leña porque no hay gas asequible. Posee tres o cuatro camisetas, dos regaladas por amigos. Medicamentos básicos escasean; farmacéuticos negocian informalmente trueques de existencias. Antibióticos, paracetamol e ibuprofeno están agotados. Algunas unidades sanitarias llevan cinco semanas sin suministros cuando deberían recibirlos semanalmente.
Mejoras limitadas han ocurrido en mercados específicos tras meses de bloqueo alimentario. Productos como pollo y chocolate ahora circulan, pero a precios inaccesibles para la mayoría: chocolate de Dubái cuesta veinticinco shekeles, aproximadamente siete euros. Israel incumple compromisos de entrada humanitaria acordados en octubre. Debería permitir seiscientos camiones diarios mínimo; la cifra real queda muy por debajo. La paradoja es que algunos productos de lujo aparecen mientras medicinas esenciales desaparecen.
El plan de Kushner ignora completamente realidades prácticas fundamentales. No aborda dónde vivirán dos millones de personas durante la reconstrucción, que supuestamente comenzaría en Rafah, ahora ruinas controladas militarmente, y terminaría en Ciudad de Gaza bajo control de Hamás. No menciona cómo remover municiones sin explotar en territorio donde cayeron más bombas por metro cuadrado que en cualquier lugar desde la Segunda Guerra Mundial. Niños resultan heridos diariamente jugando entre escombros.
Madres desplazadas como Manal al Quqa expresan frustración ante anuncios externos. Cada promesa sobre el futuro palestino genera más sufrimiento, cuestionan. ¿Dónde está la paz si no existe seguridad en el terreno? El vicesecretario general de la ONU, Jorge Moreira de Silva, subraya tras visitar Gaza que la Franja sigue siendo escombros e infraviviendas inseguras. Los gazatíes necesitan servicios básicos inmediatamente, no reconstrucciones futuras mientras espera.



