Chile

Los artesanos que preservan el humedal urbano de Santiago de Chile mediante el trabajo con totora

Esteban Ortega

En las primeras horas del día, cuando la ciudad de Santiago aún descansa, Fernando Abarca ingresa al canal San Ignacio, ubicado en Quilicura, una de las zonas más industrializadas de la capital. Portando botas de goma y una echona, herramienta de acero dentado de cuarenta centímetros, avanza lentamente tanteando el terreno blando. Con casi cuatro décadas de oficio, examina minuciosamente el crecimiento de la totora, planta de tallos largos y flexibles que alcanza hasta cuatro metros de altura.

El trabajo de los totoreros consiste en realizar podas precisas. Una totora demasiado compacta obstaculiza el flujo del agua y puede colapsar sobre el cauce, formando diques que interrumpen el paso. La precisión es fundamental para mantener viva la planta. La totora extraída se seca y se transforma en cestos, quitasoles, sombreros, techos y sillas. Este oficio ancestral ha atravesado distintas culturas sudamericanas, desde los Andes hasta los humedales del Cono Sur, aunque en Santiago fue percibido durante años como una actividad en declive, vinculada más al pasado rural.

El conocimiento de estos artesanos adquiere hoy dimensiones nuevas. La totora juega un rol crucial en filtrar contaminantes del agua mediante procesos de depuración natural. Abarca lo expresa con claridad: la planta “se toma todo lo malo”. En canales rodeados de parques industriales y carreteras que históricamente han recibido residuos sólidos y derrames, el manejo experto de la totora se convierte en una solución ambiental integral y accesible.

Los humedales urbanos de Santiago enfrentan presiones constantes. Según registros del Gobierno, la Región Metropolitana contabiliza aproximadamente 87 vertederos ilegales, con 55 aún activos. La mayoría se concentra en comunas como Quilicura, donde el crecimiento urbano sin planificación territorial moderna ha generado presiones sobre sectores periféricos. El problema trasciende lo ambiental: mafias organizadas operan con total impunidad.

En 2022, el municipio identificó en el canal San Ignacio un vertedero ilegal de diez mil metros cuadrados. A pesar de esta degradación, el canal funciona como corredor biológico conectando diferentes cursos de agua hacia el océano Pacífico. Felipe González, director de Gestión Ambiental de Quilicura, destaca que por este espacio circulan aves de corto vuelo como huairavos y garzas. La declaración como humedal urbano permitió activar intervenciones sistemáticas de restauración.

En 2024 se ejecutó Quilicura Limpia y Segura, iniciativa de limpieza que movilizó escuelas, organizaciones sociales y autoridades, extrayendo 180 toneladas de basura. Paralelamente, el municipio diseña un Centro de Sostenibilidad e Innovación Municipal. En 2025 comenzó Canales Sanos y Sin Vertederos, proyecto piloto que amplía la escala: la contaminación de canales urbanos que termina en el océano.

El municipio integró totoreros al equipo de trabajo, reconociendo su experiencia ancestral como indispensable. Su conocimiento práctico permite intervenir el humedal sin dañarlo. Un estudio de agua realizado en cuatro puntos mostró que la vegetación reduce significativamente los sólidos en suspensión, la turbiedad y metales como zinc, aluminio y manganeso. Las raíces de la totora absorben y degradan contaminantes, purificando el agua que llega al océano.

El modelo funciona mediante ciclos ecosistémicos. Durante la nidificación de aves, entre septiembre y mediados de diciembre, las intervenciones se minimizan. Los totoreros delimitan zonas de resguardo cuando detectan nidos de patos o pidenes. Pasarelas con paneles informativos explican el calendario de poda y su rol en la limpieza natural. La comunidad de totoreros es reconocida como actor ambiental clave.

Sin embargo, existe preocupación sobre la continuidad del oficio. Juan Carlos Tapia y Fernando Abarca realizan talleres comunitarios para enseñar a nuevas generaciones. Tapia expresa inquietud: muchos jóvenes no desean aprender el oficio. Abarca añade su reflexión sobre la finitud: “Ojalá salgan nuevos artesanos. Uno todavía puede, pero no sabe cuánto tiempo más va a vivir”.

A pesar de las incertidumbres, cambios concretos ocurren en el canal San Ignacio. Estudiantes de la brigada medioambiental del colegio Luis Cruz Martínez llegan guiados por la profesora Nancy Escobar. Caminan por pasarelas, observan el agua y escuchan historias del oficio. Para muchos, es el primer contacto con el concepto de humedal en su propio barrio. La educación ambiental transforma la relación con el entorno próximo. Escobar enfatiza: si no se ama y cuida el lugar donde se vive, no será posible respirar en él.

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