España

Los familiares de desaparecidos en el accidente de tren de Adamuz buscan respuestas tras una noche de angustia en hospitales

Esteban Ortega

En la mañana del lunes, junto al centro cívico Poniente Sur de Córdoba se congregaron familias devastadas en busca de hermanas, maridos, niños y nietos. Durante toda la noche recorrieron hospitales públicos y privados, comandancias de la Guardia Civil y morgues, mostrando fotografías y deletreando nombres repetidamente. El calvario de muchos comenzó con una llamada telefónica, un mensaje de WhatsApp o al ver las noticias en sus casas de Huelva, Madrid o Málaga. Ahora solo podían esperar con una botella de agua en la mano, sin encontrar las palabras correctas para hablar de quienes viajaban en esos vagones descarrilados.

Una hermana escuchó gritos y ruido durante una videollamada que se cortó abruptamente. Intentó llamar a su familiar durante dos horas sin éxito. El móvil fue recuperado después porque otro pasajero lo encontró sonando sin respuesta. Este aparato se convirtió en el único rastro tangible de lo que sucedió en aquellos vagones que colisionaron violentamente.

Rafa buscaba a su nuera de veintiséis años, quien regresaba a Lepe, Huelva, viajando en el primer vagón que se estrelló. Su hijo, militar destinado en Madrid, se había despedido de ella la noche anterior. A las tres y media de la tarde aún no sabían si ella era una de las treinta y nueve víctimas comunicadas por el Gobierno autonómico, si seguía atrapada entre los hierros o simplemente no la habían localizado.

El centro cívico se convirtió en el limbo donde llegaban todos los familiares. Algunos comenzaron a desesperarse ante la falta de información. Mientras Rafa intentaba contactar con su mujer, una familia cruzaba llorando el cordón policial diciendo que se irían a buscar a otra parte. Germán, otro familiar presente, recibió una llamada informándole que habían encontrado a su pequeña de cinco años, aunque cuatro miembros más de su familia seguían desaparecidos.

Clara Molero, psicóloga de Renfe, asistía a las familias alojadas en hoteles y continuaba ayudando en el centro. Observaba que algunos estaban muy mal mientras otros mantenían la esperanza. El presidente de Andalucía explicó que la lentitud en la identificación se debía a que muchas personas eran difícilmente reconocibles, aunque advirtió que trabajarían sin descanso para sacar a esas familias del sufrimiento.

A las tres y cuarenta y cinco de la tarde, una mujer recibió la noticia de que su familiar había fallecido. Lloró desconsolada gritando su negación ante la noticia. Otra joven también lloraba mientras hablaba por teléfono. Veinte psicólogos en el centro intentaban calmar a familias como estas, mientras creían que más malas noticias llegarían esa tarde para quienes aún esperaban respuestas.

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