Argentina

Los incendios de la Patagonia demuestran cómo el clima extremo acelera considerablemente la propagación del fuego

Sofia Herrera

Hernán Mondino, brigadista de 41 años, presencia cómo el Parque Nacional Los Alerces en la Patagonia ardía a velocidades nunca antes vistas. Describe un torbellino de humo y oleajes en el lago mientras trabaja junto a más de 70 compañeros detectando focos de fuego activos en la región andina del norte argentino.

Desde el 9 de diciembre, rayos durante tormentas eléctricas iniciaron incendios forestales que se expandieron a Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz. Más de 25.000 hectáreas fueron arrasadas, concentrándose el impacto más grave en Chubut con al menos 22.000 hectáreas consumidas. El fuego continúa activo dentro del parque donde trabaja Mondino y sus compañeros.

El cambio climático modifica directamente el régimen del fuego en la región. Un incendio recorrió 25 kilómetros en un solo día. Según Thomas Kitzberger, especialista del Conicet, las sequías prolongadas, inviernos con menor nieve, temperaturas más altas y mayor frecuencia de tormentas eléctricas generan condiciones propicias para incendios de mayor magnitud y rapidez.

Los modelos climáticos del IPCC proyectan diferentes escenarios futuros de temperatura y precipitaciones. Bajo un aumento plausible de dos grados centígrados para finales de siglo, la probabilidad de incendios se cuadruplicaría en la Patagonia norte. Los brigadistas extienden jornadas cada vez más largas mientras el fuego no da tregua, reactivándose durante la noche debido a temperaturas más altas y vientos que no amainan.

El fuego amenaza especies milenarias como los alerces, que pueden vivir mil años y superar 40 metros de altura. Javier Grosfeld, biólogo especializado en estos árboles, advierte que su quema implica perder historia. Aunque resistentes a incendios de baja intensidad gracias a cortezas gruesas de 10 a 15 centímetros, los alerces tienen límites en su tolerancia al fuego frecuente.

Las lengas, árboles nativos que cubren gran parte de la Patagonia andina con cortezas muy delgadas, sufren más impacto. Históricamente, el alto contenido de humedad frenaba incendios en sus bosques, pero el cambio climático alteró ese equilibrio. Hoy muchos incendios penetran en los lengales dejando “mordeduras” donde el bosque no vuelve a cerrarse ni regenerarse.

Cada especie del bosque andino-patagónico está adaptada a tolerar incendios dentro de un intervalo temporal específico entre eventos. Cuando el fuego retorna más frecuentemente de lo que pueden soportar, los árboles no alcanzan a crecer ni reproducirse. Los ciclos de regeneración se interrumpen y la persistencia del bosque queda comprometida por cambios ecológicos acelerados.

Especialistas, brigadistas y vecinos coinciden en que el mayor desafío está en la gestión de políticas públicas y acción comunitaria para prevenir incendios. En Argentina la respuesta sigue concentrada casi exclusivamente en apagar el fuego, mientras prevención, planificación y coordinación avanzan más lentamente. Aunque los rayos no se pueden evitar, muchas otras causas sí pueden prevenirse.

La prevención requiere silvicultura preventiva y gestión de biomasa vegetal en bosques y zonas habitadas. Retirar material inflamable para aprovecharlo en pellets o leña durante inviernos patagónicos representa una oportunidad nunca implementada a gran escala en Argentina. Los cambios ecológicos ocurren más rápido que los sociales, generando problemas en la protección de bosques y viviendas donde la continuidad de vegetación permite que incendios alcancen poblaciones humanas.

Mondino resume desde el territorio al final de su jornada: cuidar la naturaleza significa también cuidarse entre habitantes. Se trata de sostener la casa de todos mediante prevención, coordinación y conciencia compartida sobre cómo el fuego se propaga en la vida cotidiana, incluso a escala doméstica en regiones amenazadas.

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