La ausencia de Sheinbaum marca un vacío sin precedentes en la ceremonia inaugural del Mundial

El Mundial 2026 presenta expectativas políticas sin precedentes, siendo el torneo más grande en historia y el primero organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá. Mientras Donald Trump utiliza el evento como plataforma política, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha decidido no asistir a la ceremonia de inauguración del 11 de junio en el Estadio Azteca. Esta decisión ha generado análisis críticos sobre sus implicaciones políticas y simbólicas.
En toda la historia de los Mundiales, desde 1930, los jefes de Estado anfitriones siempre han participado en las ceremonias inaugurales. Francia 1938 constituye la única excepción registrada, cuando el presidente Albert Lebrun no asistió al acto inicial, aunque posteriormente entregó el trofeo. Si Sheinbaum mantiene su posición, se convertiría en la primera jefa de Estado en ausentarse de una inauguración mundial. Los expertos subrayan que en esas épocas, las ceremonias carecían del peso diplomático actual.
Sheinbaum ha reafirmado su decisión de ceder su boleto número uno a una niña indígena aficionada al fútbol. Explicó que recientemente confirmó su intención de ver el partido desde pantallas instaladas en el Zócalo capitalino. La mandataria también señaló que aún desconoce la asistencia de Trump o del primer ministro canadiense, Mark Carney. Desde agosto anticipó esta postura, cuando el presidente de la FIFA le entregó el primer boleto emitido para el torneo.
David Faitelson, periodista deportivo reconocido, considera la ausencia un grave error político. Argumenta que un palco vacío resultaría triste y podría interpretarse como vacío de poder. Recuerda que expresidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Miguel de la Madrid fueron abucheados en el Estadio Azteca, sugiriendo que la decisión reflejaría inseguridad. Faitelson enfatiza que los tres presidentes anfitriones deberían estar presentes y destaca que Sheinbaum tendría una oportunidad histórica como la primera mujer gobernando en Norteamérica.
Faitelson cuestiona además la coherencia de la posición si Sheinbaum asistiese al sorteo en Washington sin invitación oficial estadounidense. Reconoce el valor simbólico de incluir a la niña indígena, pero sostiene que ambas presencias son necesarias: la representación indígena y la presidencial. Advierte que el campeonato será altamente politizado, con Infantino asiduo a la Casa Blanca, y exhorta a los políticos mexicanos a aprovechar esta oportunidad para beneficio nacional.
Marion Reimers ofrece una perspectiva alternativa, interpretando la decisión como gesto de coherencia ideológica. Sostiene que el fútbol se ha convertido en deporte elitista, alejado de las clases populares. Considera que el evento refleja machismo y élite, características evidentes en Infantino y Trump. Reimers apunta que ver el partido en el Zócalo con la ciudadanía se alinea con la estrategia política de Sheinbaum de mantenerse cercana a la población.
Reimers destaca que el Mundial ocurrirá durante el mes del orgullo, cuando Ciudad de México planea acciones importantes de afirmación. Esto contrasta con Trump y con una FIFA tibia ante homofobia y racismo. Según ella, el gesto de Sheinbaum permite interceptar esa narrativa y posicionar a México desde otra perspectiva ante el mundo. Su propuesta de estar en las pantallas públicas resulta coherente con su discurso de desmarcarse del evento tradicional.
Ambos periodistas coinciden en que falta mucho tiempo para considerar esta decisión como definitiva. Sheinbaum aún puede cambiar su posición si así lo determina. La incertidumbre persiste a 190 días del torneo, con la pelota metafóricamente en la cancha de la presidenta mexicana.



